Hace más de 50 años, en Mújica,
población cercana a Guernica,
vivía un relojero llamado Andrés
López Larrucea, el cual no necesitaba de ningún tipo de lupa de
aumento, dado que era ciego. ¡Sí!
El primer relojero ciego y único
que se sepa que ha existido en
Europa.

V i v í a  e n  u n  g r a n
caserío en Mújica, a unos
25 metros de la carrete ra que uní a Bilbao
con Guernica. Dado que
no podía dedicarse a la
explotación agrícola
como medio de vida
porque era ciego, decidió
hacerse relojero.
Cada vez que oía las
campanadas anunciando
la hora, se sentía atraído
por estas y su mente le
pedía intentar conocer
los relojes y ¡conocerlos
tanto que fuese capaz
de arrreglarlos! Como
hombre religioso, le
pedía a Dios paciencia
en su objetivo, pues la
necesitaría. Tardó años
en aprender, pero finalmente lo consiguió y fue
un auténtico experto.
Tal fue su popularidad arreglando relojes, que de todos los
pueblos de su alrededor le llevaban
a arreglar los mismos, y nuestro
relojero ciego nunca fallaba.
A las preguntas del periodista
de la revista Cuadernos de relojería
de febrero del año 1945 sobre como
aprendió a arreglar relojes, Andrés
López contestó:
“Nadie me enseñó nada, tuve
que aprender solo, con mucha
paciencia. Fueron muchos los
días que tuve por compañero un
despertador en la mano, hasta
poder conocer todos sus entresijos
de funcionamiento.
Lo desmonté por completo y,
pieza a pieza, fui descubriendo
su forma de funcionar, incluso
donde el tacto de mis dedos no
llegaba, me lo ponía en la boca y,
con la lengua, llegaba a los más
pequeños orificios hasta conocerlo por completo, llegando a
conocer con exactitud la forma.
Tamaño y dureza de todos y cada
uno de los componentes.
Todo este trabajo me llevó
mucho tiempo, pero me obsesioné
en que llegaría a conocer la maquinaria del reloj, y así fue.
Empecé a arreglar arrmis
primeros relojes y todo fue proponérmelo y tener mucha paciencia.”
A Andrés López se le atribuye
el arreglar, por ejemplo, el reloj de
Mújica y cientos de despertadores,
relojes de pared y relojes de pie
que le llevaban para arreglar los
vecinos de su villa y alrededores.
Uno de los trabajos de los que se
sentía más orgulloso fue un reloj
de pared que tenía los piñones
gastados, por lo que tuvo que
hacerlos de nuevo con sus propias
manos.